lunes, 17 de agosto de 2009

Economía libre y economía planificada

Por Ludwig Ehrard

Es un hecho característico el que las concepciones divergentes encuentren siempre su punto representativo en la cúspide de extremos aparentemente irreconciliables –aquí economía libre, allí economía planificada; aquí socialismo, allí capitalismo- mientras que el verdadero desarrollo económico nos enfrenta con la pregunta de si existen influencias que actúan desde ambos frentes y que tienden hacia un acercamiento de las dos posiciones. Quien se sienta todavía inclinado a entender por economía libre tan sólo la piratería sin escrúpulos de los comienzos y del apogeo de la era capitalista, éste será tan injusto con la dinámica de las economías sociales altamente desarrolladas como el individualista aislado que coloca sin más ni más la economía planificada en el mismo nivel que una economía sin vida, desolada y burocratizada.

Lo mismo ocurre con los conceptos de capitalismo y socialismo. Actualmente representa una posición completamente parcial el entender por economía capitalista un sistema económico basado en la explotación de la clase trabajadora, así como el equiparar el socialismo con la completa nivelación y con la eliminación de toda libertad económica. Cuando, por ejemplo, se considera como nota característica de la economía capitalista solamente el tipo de producción capitalista, en el sentido de la inversión de grandes masas de capital productivo nacional, entonces también este sentido puede aplicarse a la economía socializada, mientras que, por otro lado, la economía libre, denominada generalmente capitalista, no excluye en modo alguno la atenta consideración de las exigencias sociales.

Mientras que en los países capitalistas la acumulación de capital es criticada acerbamente de todos lados, en los Estados socialistas, la formación de nuevos capitales y su administración, a menudo no se enfrentan con un control y una crítica públicos tan agudos. Por esto los conceptos convertidos en tópicos no sirven ya para valorar un sistema económico y mucho menos para su valoración desde el punto de vista social. Si la economía capitalista y socialista vienen obligadas por igual a la formación de capital, y la opinión general es unánime en que este proceso, independientemente de la forma de economía, presupone ahorro y renuncia al consumo inmediato, entonces no puede derivarse de esta situación ninguna irreconciliabilidad de los sistemas.

Entre una economía dirigida con un plan metódico y una economía planificada de forma absoluta existe un amplio margen para una infinidad de variaciones en lo que a la dirección e influenciación de la economía se refiere y que por ello es injusto y falso el argumentar con conceptos absolutos.

La oposición real no se plantea entre economía libre y economía planificada, ni entre economía capitalista y economía socialista, sino entre economía de mercado con libertad de precios y economía centralizada por el Estado, el cual regula también la distribución. Este dualismo encuentra su punto máximo en la pregunta de si es el mercado, como opinión de la sociedad económica en conjunto, o bien el Estado o cualquier otra forma de organización colectiva, el que mejor puede decidir sobre qué es lo que aporta un mayor bienestar a la mayoría, eso es, al pueblo.

En gran parte predomina todavía la idea errónea, completamente errónea, de que la libre competencia conduce a una opresión de las corrientes sociales o, al menos, a trabas económicas, mientras que la opinión decidida de todos los técnicos, tanto de tendencias liberales como socialistas, es de que fue precisamente la opresión de la libertad lo que hizo perder el equilibrio de la economía y la llevó a crisis cada vez más insolubles.

Si en el futuro el Estado procura que ni los privilegios sociales ni los monopolios artificiales entorpezcan el equilibrio natural de las fuerzas económicas, sino que, al contrario, permite que exista un espacio libre para el juego de la oferta y la demanda, entonces el mercado regulará en condiciones óptimas la aportación de todas las fuerzas económicas y con ello corregirá también cualquier dirección errónea.

Cada uno es libre de creer que la administración pública de una economía dirigida y regulada estimaría más la voluntad económica de la sociedad, aunque será difícil que pueda probarlo. Mientras que los errores en la dirección de la economía libre de mercado repercuten automáticamente en alteraciones de los precios, con todas las consecuencias que de ello se derivan, en la economía dirigida por el Estado existe peligro de que queden ocultos errores no menos perniciosos, e hinchándose por debajo de una cubierta de apariencias, exploten finalmente con una fuerza mucho mayor. Nosotros hemos vivido esta experiencia en los últimos años y sabemos cuán fácilmente la economía dirigida por el Estado puede convertirse en una economía corrompida sin que hayan podido reconocerse con suficiente claridad sus diferentes fases de transición.

Economía y cultura

La “economía social de mercado” –cuyo profundo sentido consiste en la asociación del principio de libertad en el mercado con el equilibrio social y de la responsabilidad moral de cada individuo con relación al todo- depende, si es que se quiere que triunfe para bien de todos, de la amplia instrucción, cultura y educación de las fuerzas especializadas y de los empresarios, que consideran su trabajo cotidiano como una parte decisiva de sus tareas y misiones vitales.

Sólo una formación y una educación cuidadosa y responsable, es decir: el aprendizaje sistemático del saber y del poder; el despertar de los dones y las fuerzas del espíritu, que permiten establecer relaciones más amplias; el cultivo de las cualidades de la voluntad y carácter que capacitan al hombre para la responsabilidad, como cumplimiento de un deber libremente aceptado, garantizan la madurez de aquellas personalidades moralmente afirmadas, que están dispuestas a medirse y a triunfar en la libre competencia de las fuerzas.

El éxito de la economía de competencia depende no poco de la capacidad y voluntad de rendimiento y competencia del hombre en la economía, y de su valía profesional, espiritual y de carácter. Cuanto más modernas y progresivas sean la economía y la técnica, tanto más amplias y profundas deberán ser la formación y de la educación de los hombres, para que el progreso no nos oprima, sino que nosotros podamos dominarlo, para bien de todos.

(Fragmentos de “La economía social de mercado” de Ludwig Ehrard – Ediciones Omega SA – Barcelona 1964)

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